Publica: Administrador · Fuente: Calle 20Menos de cinco minutos necesitó Tatsumi Hijikata para escandalizar a un teatro entero. Era 1959, y el coreógrafo y bailarín, junto con el maestro Kazuo Ohno, estrenaba Kinjiki (Colores prohibidos) en el Festival de Danza de Tokio, una pieza inspirada en la novela de Yukio Mishima del mismo título. La obra, de apenas unos minutos y de temática homosexual, fue calificada de grotesca, ofensiva y carente de cualquier aportación artística.
Hijikata (1928-1986) fue expulsado de la Asociación de Coreógrafos Japoneses, y él y Ohno (1906) se convirtieron en artistas prohibidos. Viajaron a Europa, donde las vanguardias se interesaron por esta nueva forma de entender la danza que surgía en el Japón de la posguerra, tras las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. Artistas y compañías europeas como Pina Bausch, Carolyn Carlson o La Fura dels Baus se vieron influenciados por el Butoh.
La Danza de la Oscuridad, como la bautizó Hijikata, nació de la repulsión hacia el ser humano, de una necesidad de renacimiento después de la barbarie; bebió de los rostros de muerte que provocaron aquellas bombas y que sacudieron al mundo. Pero también fue una reacción artística radical contra el proceso de occidentalización que Japón estaba sufriendo: tanto por las normas represivas de un emperador que deseaba ocultar lo indeseable —también manifestaciones culturales milenarias— como por la ocupación americana, de 1945 a 1952.
Influido por las artes escénicas tradicionales japonesas, el Kabuki y el Teatro Noh, la improvisación, la danza moderna y, sobre todo, la danza expresionista alemana (en la que tanto Hijikata como Ohno habían sido formados), el Butoh es la búsqueda de la libertad a través de la verdad del cuerpo, la danza como una concepción crítica del ser humano, la representación de éste en su estado más primario. Todavía es un arte minoritario en Japón, pero goza de festivales específicos en grandes capitales europeas y americanas, como The Cave New York Butoh Festival, y desde hace poco también en Barcelona.
El Butoh no se puede comprender, hay que sentirlo: «Hay que despojarse de todos los movimientos habituales; sin ellos uno no sabe cómo moverse, por eso tiene que aguantar y penetrar en el mundo incomprensible. Si uno entiende algo, entonces no es Butoh». Estas palabras del maestro Kazuo Ohno ayudan a entrever qué tiene de especial esta forma de bailar.